FAULKNER PALMERAS SALVAJES PDF

Son otro aldabonazo, a la vez discreto y perentorio, mientras el doctor bajaba las escaleras, y el resplandor de la linterna elctrica lo preceda en el hueco con manchas pardas de la escalera y en el cubo con manchas pardas del vestbulo. Era una casita de playa, aunque tena dos pisos, alumbrada por lmparas de petrleo o por una lmpara, que su mujer haba llevado al piso alto cuando subieron despus de cenar. El doctor usaba camisn, no pyjama; por la misma razn que fumaba en pipa, que nunca le haba gustado y que nunca le gustara, entre el cigarro ocasional que le regalaban sus clientes, entre un domingo y otro en los que fumaba tres cigarros que le pareca poda permitirse comprar, aunque era propietario de la casita de la playa y de la casita vecina, y tambin de la residencia con electricidad y paredes revocadas, en la aldea a cuatro millas de distancia. Porque ahora tena cuarenta y ocho aos y haba tenido diecisis y dieciocho y veinte en la poca en que el padre le deca y l lo crea que los cigarrillos y los pyjamas eran para maricas y para mujeres. Era despus de medianoche, aunque no mucho. Lo saba aunque no fuera ms que por el viento, por el gusto y olor y sensacin del viento aun aqu tras las cerradas y trancadas puertas y postigos.

Author:Gardagal Kagarisar
Country:Austria
Language:English (Spanish)
Genre:Career
Published (Last):24 February 2019
Pages:396
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Son otro aldabonazo, a la vez discreto y perentorio, mientras el doctor bajaba las escaleras, y el resplandor de la linterna elctrica lo preceda en el hueco con manchas pardas de la escalera y en el cubo con manchas pardas del vestbulo. Era una casita de playa, aunque tena dos pisos, alumbrada por lmparas de petrleo o por una lmpara, que su mujer haba llevado al piso alto cuando subieron despus de cenar.

El doctor usaba camisn, no pyjama; por la misma razn que fumaba en pipa, que nunca le haba gustado y que nunca le gustara, entre el cigarro ocasional que le regalaban sus clientes, entre un domingo y otro en los que fumaba tres cigarros que le pareca poda permitirse comprar, aunque era propietario de la casita de la playa y de la casita vecina, y tambin de la residencia con electricidad y paredes revocadas, en la aldea a cuatro millas de distancia.

Porque ahora tena cuarenta y ocho aos y haba tenido diecisis y dieciocho y veinte en la poca en que el padre le deca y l lo crea que los cigarrillos y los pyjamas eran para maricas y para mujeres. Era despus de medianoche, aunque no mucho. Lo saba aunque no fuera ms que por el viento, por el gusto y olor y sensacin del viento aun aqu tras las cerradas y trancadas puertas y postigos. Porque aqu haba nacido, en esta costa, no en esta casa sino en la otra, en la residencia de la ciudad, y haba vivido aqu toda su vida, salvo los cuatro aos de la escuela de medicina en la Universidad del Estado y los dos aos como interno en Nueva Orlens, donde gordo hasta de muchacho, con gordas y blandas manos de mujer, l, que nunca deba haber sido mdico, que despus de unos seis aos metropolitanos.

As se doctor, ms cerca de los ltimos de la clase que de los primeros, aunque no el ltimo, y volvi a su casa y en el ao se cas con la mujer que su padre le haba elegido y en cuatro aos fue suya la casa que su padre haba edificado y tambin la clientela que se haba formado su padre, sin perder ni aadir un cliente, y en diez aos no slo posea la casa de la playa donde l y su esposa pasaban sus veranos sin hijos, sino tambin la propiedad vecina, que alquilaba a veraneantes o a bandas de personas que hacan picnics o a pescadores.

En la tarde de la boda, l y su mujer se fueron a Nueva Orlens y pasaron dos das en un cuarto de hotel, aunque nunca tuvieron luna de miel. Y aunque dorman juntos en la misma cama desde haca veintitrs aos, todava no tenan hijos. Pero no es el corazn, se dijo el doctor.

Lo decidi en aquel primer da, en que sin intencin de espiar, observ a la mujer a travs del cerco de arbustos de adelfa que separaba los terrenos. Pero esa suposicin de lo que no era, contena la clave, la respuesta.

Le pareci que vea la verdad, la indefinida nebulosa forma de la verdad, como si slo estuviera separado de la verdad por un velo como estaba separado de la mujer viva por una cortina de hojas de adelfa.

No era que se inmiscuyera, ni espiara; tal vez pens: tendr tiempo de sobra para saber qu rgano est escuchando; han pagado el alquiler de dos semanas tal vez en ese mismo momento el doctor dentro del Doctor saba que no se necesitaban semanas sino das ocurrindosele que si requiriera cuidados sera una suerte que l, casero, fuera tambin mdico, pero reflexion que probablemente ignoraban que l era mdico.

El agente le haba telefoneado que se haba alquilado la casa. La mujer usa pantalones le dijo. Es decir, no bombachas de seora, sino pantalones, pantalones de hombre. Quiero decir, le quedan chicos justo en los sitios donde a un hombre le gusta verlos chicos, pero no a una mujer, salvo que sea ella misma quien los use.

Apuesto que a Miss Martha no van a gustarle mucho. Ya le gustarn si pagan el alquiler puntualmente dijo el doctor. No se aflijan dijo el corredor, ya me encargar. Hace tiempo que estoy en el negocio. Le dije: hay que pagar adelantado, y contest: Muy bien, muy bien, cunto? Muy bien, muy bien contest, cunto?

Creo que pude haber 12 sacado ms porque el hombre no quiere muebles, lo que quiere son cuatro paredes para meterse adentro y una puerta para encerrarse. La mujer no se movi del taxi. Se qued sentada, esperando, con sus pantalones que le quedaban chicos justo en los sitios debidos.

Ces la voz; la cabeza del doctor estaba llena del zumbido telefnico, de la inflexin creciente de un silencio irrisorio, hasta que dijo casi incisivamente: Bueno.

Necesitan ms muebles o no? No hay en la casa ms que una cama y el colchn, no? No, no precisan ms. Le dije que la casa tena una cama y una estufa, y ellos trajeron una silla una de esas de lona que se desarman en el taxi. Ya est arreglado. La risa silenciosa del telfono volvi a llenar la cabeza del doctor. Bueno dijo el doctor. Qu hay? Qu le sucede? Yo s una cosa que a Miss Martha le va a caer ms pesada al estmago que esos pantalones. Creo que no son casados.

Dijo que lo eran y no creo que mienta sobre ella y tampoco sobre l. El inconveniente es que no estn casados entre s: ella no es su mujer. Porque yo s oler un marido. Que me muestren una mujer que no he visto nunca en las calles de Mobile o Nueva Orlens y puedo oler si Esa tarde tomaron posesin de la casa, de la casilla que contena la cama sola, cuyo colchn y cuyos elsticos no eran muy buenos, y la cocina con su nica sartn incrustada de pescado frito por generaciones, y la cafetera y la coleccin de cucharas y tenedores de hierro descabalados y cuchillos y tazas y platillos y vasos que alguna vez estuvieron llenos de mermeladas y jaleas de fbrica, y la silla nueva de playa en que la mujer pasaba el da entero tirada como vigilando el crujir de las hojas de las palmas con su salvaje, seco, amargo sonido contra el brillo del agua, mientras el hombre acarreaba lea a la cocina.

Dos maanas antes, el carro de la leche que hace el camino de la playa se detuvo all y la seora del doctor vio una vez al hombre volver por la playa desde un pequeo almacn de propiedad de un portugus ex pescador, llevando un pan y una bolsa de papel, repleta. Y le dijo al doctor que haba visto al hombre limpiando o tratando de limpiar un plato de pescado en los escalones de la cocina, y se lo dijo al doctor con amarga y furiosa conviccin era una mujer deformada aunque no gorda ni siquiera tan gordita como el mismo doctor , que haba empezado a volverse toda gris haca ya unos diez aos, como si el pelo y el cutis se hubieran alterado sutilmente junto con el tono de los ojos, por el color de sus trajes de casa que posiblemente ella elega para hacer juego.

Y buen matete estaba haciendo! Un matete fuera de la cocina y sin duda un matete en la cocina! Tal vez ella sepa cocinar repuso el doctor tmidamente. Dnde, cmo? Sentada afuera en el patio? Cuando l le alcance cocina y todo Pero ese no era el verdadero agravio, aunque lo deca.

No deca: no son casados aunque era lo que los dos pensaban. Saban que cuando lo dijeran en voz alta, despediran a los inquilinos. Por eso se negaban a decirlo y con ms razn porque si los echaban tendran en conciencia que devolverles el dinero del alquiler; adems de eso, el doctor pensaba: Tenan slo veinte dlares. Y eso tres das antes. Y ella ha de estar enferma.

El doctor hablaba ahora ms alto que el protestante provinciano, que el metodista 13 nato. Y algo acaso tambin el doctor hablaba ms alto que la metodista nata en ella tambin, porque esa maana lo despert al doctor, llamndolo desde la ventana donde estaba envuelta en su camisn de algodn como amortajada con su pelo gris rizado en papelitos, para mostrarle al vecino volviendo de la playa a la salida del sol con su haz de lea a la cintura.

Y cuando l el doctor volvi a casa a medioda, ella tena el gumbo hecho, una enorme cantidad, como para una docena de personas, hecho con esa torva diligencia samaritana de las mujeres buenas, como si tomara un placer torvo y vindicativo y masoquista en el hecho de que la obra samaritana tendra como recompensa los restos que se instalaran invencibles e inagotables en la cocina mientras se acumulaban los das para ser calentados y recalentados y luego vueltos a recalentar hasta que los consumieran dos personas a quienes no les gustaban siquiera, que nacidos y criados a la vista del mar tenan, en materia de pescado, predileccin por el atn, el salmn, las sardinas en lata, inmoladas y embalsamadas a tres millas de distancia en el aceite de las mquinas del comercio.

Llev la fuente l mismo un hombre bajo, descuidado, rechoncho, con ropa interior no muy limpia, medio ladeado al atravesar el cerco de adelfas con la fuente tapada por una servilleta de hilo ya arrugada aunque era nueva y no se haba lavado an , que prestaba un aire de torpe benevolencia hasta a aquel smbolo de inflexible obra cristiana ejecutada no con sinceridad o con lgrima sino por deber, y depositada la mujer no se levant de la silla y slo movi los duros ojos de gata como si la fuente contuviera nitroglicerina, la mscara rechoncha sin afeitar sonriendo tontamente, pero detrs de la mscara los ojos del doctor dentro del Doctor taladraban, sin perder nada, examinaban sin sonrisa y sin timidez el rostro de la mujer, que no era flaco sino demacrado, pensando: S.

Uno o dos grados. Tal vez tres. Pero no el corazn, y luego despertndose inquieto al percibir los vagos y feroces ojos fijos en l, a quien apenas haban visto con ilimitado y profundo odio. Era casi impersonal, como cuando la persona en quien ya vive la dicha mira un poste o un rbol con placer y felicidad. Es para todo el gnero humano, pens.

O no, no. Espere, espere. El velo estaba por rasgarse, la maquinaria de la deduccin por funcionar. No al gnero humano sino al gnero masculino, al hombre. Pero, por qu Por qu? Su mujer hubiera notado la dbil marca de la alianza ausente, pero l, el mdico, vio algo ms: Ha tenido hijos pens. Uno, al menos; apostara mi ttulo. Y si Cofer era el corredor est en lo cierto al decir que ste no es su marido y debe estarlo, debe ser capaz de olerlo, como l dice, desde que est metido en el negocio de alquilar casas de playa por la misma razn o bajo la misma obligacin o necesidad delegada que impulsa a determinadas personas en las ciudades a amueblar y facilitar piezas a nombres ficticios y clandestinos, digamos que ha de odiar a los hombres hasta abandonar marido e hijo; bueno.

Sin embargo, no slo ha acudido a otro hombre, sino que manifiesta pobreza, y ella est enferma, realmente enferma. O ha dejado marido e hijos por otro hombre y por la pobreza, y ahora, ahora Poda sentir y or la maquinaria zumbando, funcionando de prisa; senta la necesidad de un tremendo apuro para estar a tiempo, un presentimiento de que la ltima rueda estaba por engancharse y de que la campana de la comprensin iba a sonar y que l no estara bastante cerca para ver y or: S, s.

Qu pueden haberle hecho los hombres para que ella me mire a m que soy un mero ejemplar de los hombres como una manifestacin de eso, a m a quien nunca ha visto y a 14 quien no mirara dos veces si me hubiera visto, con el mismo odio que l debe atravesar cada vez que vuelve de la playa con una brazada de lea para cocinar la comida que ella come? Ni siquiera se comedi a tomarle la fuente. No es sopa, es gumbo dijo. Lo ha hecho mi esposa.

Ella, nosotros Ella no se movi, pero segua mirndolo. Gracias le dijo; llvalo adentro, Harry. Ahora ya ni siquiera miraba al mdico. Agradezca a su esposa le dijo. Iba pensando en sus dos inquilinos al bajar la escalera detrs del brillante haz de luz y entrar en el ya fro olor a gumbo viejo del vestbulo, hacia la puerta, hacia los aldabonazos.

No era por ningn presentimiento o premonicin de que quien golpeaba era el hombre llamado Harry. Era porque haca cuatro das que no pensaba en otra cosa. Este hombre envejecido, lleno de tabaco, con el camisn arcaico que es ahora uno de los sostenes nacionales de la comedia , salido del sueo en la cama de su mujer estril y ya pensando o quizs habiendo soado en el profundo y distrado fulgor de odio inmotivado, en los ojos de la forastera; y l de nuevo con ese sentido de inminencia, de estar ms all de un velo, de andar a tientas justo dentro del velo y de tocar y de ver pero no del todo la forma de la verdad, de suerte que sin darse cuenta se par en seco en la escalera sobre sus zapatillas anticuadas, pensando con rapidez: S, s.

Algo que toda la raza de los hombres, de los machos, le ha hecho, o ella cree que le ha hecho. Los aldabonazos se repitieron como si el que llamaba se hubiera dado cuenta de que lo haba detenido algn descalabro de la luz vista por la rendija de la puerta y ahora volviera a llamar con esa modesta insistencia del forastero que busca ayuda a altas horas de la noche, y el doctor ech a andar otra vez, no en contestacin al nuevo llamado, que no le haca esperar nada, sino como si ste hubiera coincidido con el peridico y viejo impasse de cuatro das de tanteo y de frustracin, de capitular y de volver a capitular, como si el instinto lo guiara otra vez, el cuerpo capaz de movimiento, no la inteligencia, creyendo que el avance fsico lo acercara al velo en el instante de rasgarse y de revelar en inviolable aislamiento esa verdad que l casi tocaba.

As fue cmo abri la puerta sin presentimiento alguno y mir afuera, alumbrando con su linterna a la persona que llamaba. Era el hombre llamado Harry. Estaba ah en la oscuridad, en el fuerte y firme viento del mar lleno del ruido seco de la invisible fronda de palmeras, tal como el doctor lo haba visto siempre, con las bombachas manchadas y la camiseta sin mangas, murmurando las convencionales disculpas por la hora y la necesidad, rogando el uso del telfono, mientras el doctor, con el camisn flotando sobre las flacas pantorrillas, lo miraba y pensaba con un feroz impulso de triunfo: Ahora descubrir lo que pasa.

S dijo, no va a necesitar el telfono. Yo soy mdico.

CANTO DE OSSANHA PARTITURA PDF

Las Palmeras Salvajes

La historia es la de Charlotte y Wilbourne. Francamente destructivo. Habiendo sido este caso el menos prometedor, el deseo y la voluntad de realizarlo es tan grande que se impone y triunfa. Recuerdo a Lena en Luz de agosto, conmovedora imagen de una mujer caminando sin descanso en busca de su hombre. La estabilidad -todo lo que aquello implica como el dinero, el trabajo, los hijos- los horroriza. Eternamente hasta que muera uno de los dos. No puede ser de otro modo.

ROALD DAHL RHYME STEW PDF

Las palmeras salvajes

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BOLETIN 7050 PDF

LAS PALMERAS SALVAJES

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